El Lobo Bicéfalo — Cap. 1

1. Patek Phillipe

Estaba mal. Lo sabía pero había prometido desde antes de entrar a aquel bar que sería la última vez que haría eso; poseía la idiosincrasia que la juventud se vivía solo una vez y estaba a la flamante distancia de un día para volverse un adulto y dejar la adolescencia atrás. En dos días tendría 18 años y las cosas se volverían aceleradas justo como había ocurrido a muchos de sus conocidos que una vez entraron a la universidad pronto terminaron embarazando a alguien o estudiando derecho. Él no quería eso, o al menos si pasaba, quería tener buenas memorias a las cuales aferrarse. Sin embargo, cómo podría tener buenas memorias si acababa así de jodido, así de mal, así de resacoso con la memoria distorsionada en medio de una cama que evidentemente no era la suya, la propia a diferencia de la que se encontraba justamente esa mañana, era diminuta, apenas cabía él, daba un giro y caía al piso de lleno, pero en la que ahora se hundía, la sabía grande y espaciosa. Soltó un quejido que terminó siendo un gemido y lentamente giró su mirada a su lado. Estaba desnudo, no era idiota, era consciente de lo que había ocurrido la noche anterior, pero de sus experiencias previas sabía que ese tipo de polvos era una cruel ruleta rusa, y muchas veces salías quemado. Grande fue su sorpresa al encontrar el lecho vacío, el calor de la persona con la que había dormido se había esfumado y el corazón pareció descansarle.

Se retorció entre las sábanas mientras sus ojos veían fijamente al hermoso candelabro que había en medio de la habitación, era un toque exquisito y de buen gusto junto al resto de la alcoba que revestida de colores cremas resaltaban uno que otro toque negro: Un sillón fino de terciopelo colocado estratégicamente frente al ventanal, lo curioso es que éste se encontraba volteado hacia el exterior para que la persona que se sentara ahí lograra visualizar el hermoso paisaje de la constipada ciudad. Más allá había dos puertas de un roble oscuro. Un escritorio también negro y los dos postes de esa cama que alcanzaba a ver eran oscuros. Cerró los ojos y se viró sobre sí mismo, aspiró con fuerza y resolvió que la deliciosa fragancia que desprendía sábanas y almohadas combinaba con todo el lugar, incluso con ese pequeño caos sobre el escritorio, o la ropa echada aposta sobre el respaldo del sofá. Siempre había visto en las películas donde el protagonista era rico y apoderado y su casa lucía ridículamente perfecta, no obstante ese apartamento parecía ser la casa de algún magnate pero había esos toques de intimidad que hacían de un sitio tu hogar.

Cuando Viktor se sació de ver todo resolvió que daría paso a prestarle atención al dolor de su cuerpo, el de su intimidad ultrajada salvajemente, el de sus caderas que rezongaban por estar sobre ellas en vez de estar tirado y muerto en la cama, el de sus hombros producto quizás de la tensión que la resaca por alcohol suele dejar y casi aseguraba que por el mismo motivo su estómago se sentía un carnaval a punto de estallar en su punto más lánguido, pero lo que más dolía eran las memorias. A pesar de que estaba cien por ciento seguro había llegado ahí por voluntad propia no podía dejar de lado la ligera desesperación e incertidumbre de no recordar con exactitud la cara del hombre al que se entregó la noche anterior. Para un casi universitario la moral era algo pasajero empalmado con bastante chicas y con bastante chicos pero no de ese modo, ahora resultaba que le iban los ricos. Soltó una suave risa lastimera, seguro Chris se iba a cagar de la risa en cuánto le contara cuáles habían sido perder la virginidad, lo lamentaba de pronto por el engreído de JJ, no lograría tener eso que incontables veces había pedido de muchas formas: tomar a Viktor, “Eres el tipo de hombre que más me gustan follar: Esos que se creen superiores que el resto y sienten que la vida les debe un favor por estar vivo”, era la línea que más le gustaba al adolescente, se había graduado de la preparatoria hacía un año, y pertenecía al mismo circuito social al que Viktor pertenecía, solía toparse con él en las fiestas de las fraternidades donde los amigos graduados de Viktor estaban o en las de los escolares de prepa donde JJ aún era popular por la conexión de poco tiempo que hubo. Sin embargo, Viktor siempre tenía una buena respuesta mordaz y directa para que el moreno se quedara callado: “¿Quién eres tú?, Soy Viktor Nikiforov, mucho gusto”. Quizás eso era lo que más le enrabiaba a JJ. Quién iba a saberlo.

Acabo con el repechaje mental y fue cuando se digno a moverse, sin pensarlo, sin consentirlo, sin absolutamente un mínimo miramiento, solo se movió, transitó del medio de la agradable cama hasta la orilla donde se incorporó también de un movimiento y no pudo evitar doblarse de dolor. Maldijo al señor rico con el que se había acostado y suspiró. Así doblado como estaba fue cuando se dio cuenta de un detalle. Había una mesita de noche, de esas finas que solo se aprecian en los catálogos y que los barrocos describían tan fervientemente: con detalles hechos a mano, terminaciones impolutas y un color de barniz quizás fabricado sólo para esa pieza única, Viktor podía escuchar claramente al propietario: “Solo existen dos en el mundo, esta y la otra la tiene la reina Isabel pero quedó de mandármela porque somos muy buenos amigos”, en su fantasía el hombre era una especie de sujeto gordo que empezaba a quedarse calvo y que de tanto fumar habanos (también exclusivos que prendía con billetes de cien dólares) tenía los dientes amarillos, porque era un hecho casi comprobado que los adinerados gordos solían descuidarse pues tenían todo el dinero del mundo como para no ser rechazados ni siquiera por su apariencia. Aunque en ese instante lo que le llamó la atención a Viktor no fue la mesita si no lo que había sobre ella: Una estilizada lámpara bastante simple con pantalla color crema, una taza de café llena, un plato con pastillas, una caja poco más grande que un puño de material duro y color durazno que con letras cobre se leía un austero: Patek Phillipe´s, en la parte superior con letras más pequeñas rezaba: “Celestial TBC”. Al ruso no le decía nada aquello. Cogió la nota casi por inercia y la abrió.

Lamento mucho no haber podido quedarme para cuando despertaras, tuve que salir a la oficina…”

A Viktor la versión gorda y fea que tenía en la cabeza empeoró pues la agregó una mano lo suficiente tonta y obesa como para escribir esa horrible caligrafía, estuvo a punto de llorar al darse cuenta que un viejo pervertido lo había rellenado como pavo en navidad. Siguió leyendo al tanto caminaba buscando su ropa.

“…en el buro dejé un café para tu resaca y unas pastillas para el dolor, espero no haber sido muy brusco la noche anterior. También hay un reloj, queda en compensación al que perdiste por mi culpa. Acéptalo al menos hasta que logre conseguir uno parecido al tuyo“.

No firma, no inicial, no nombre, no nada. Estaba en blanco, aunque pensó un poco en su reloj y en lo que le habían dicho. Volvió hasta el buró donde recogió el café. Y dio un sorbo, estaba frío, aunque no sabía absolutamente nada mal. Hasta podría echarle hielos y entonces tendría un “IceCastle“, tomó las pastillas y sin pensarlo mucho lo engulló y bebió el café para pasarlas, sus ojos se mantenían sobre la caja. La tomó después de un lado y la abrió. Sus ojos quedaron maravillados. El reloj era de correa de cuero y la cara recubierta por el vidrio parecía resguardar una constelación, un precioso cielo estrellado. Las estrellas que formaban una diminuta galaxia parecían ser brillantes y los números estaban en la orilla labrados directo en el metal, un fino trabajo. Era algo precioso y seguro valdría varios dólares, pero hasta que no supiera que había pasado con su reloj edición limitada de Disneyland 100 años le parecía un trato justo quedarse con el que le ofrecían. Su reloj era una antigüedad y le había costado como 100 dolares o un poco más por el envío, no era original pero sí que era una imitación de muy buena calidad. Se preguntó entonces que había ocurrido con su pobre Mickey Mouse sonriente. Llevó consigo el reloj y la taza de café para salir de la alcoba. Y afuera se encontró con una sorpresa mucho más grande.

El apartamento era excesivamente enorme: Una sola pared era el ventanal hacia la ciudad, desde ahí podía ver sobre la meseta una de las paredes traseras del campus de artes, y más allá cada uno de los edificios por los cuales pasaba cuando iba al otro extremo de la ciudad a la zona de bares. Bajó las escaleras que llevaban directo a la habitación, hasta la sala que tenía grandes sillones y una mesita de centro, otra pared recubierta por una estructura de techo al piso a todo lo ancho que tenía diferentes compartimientos. Algunos cerrados por puertas de cristal y otros con libros, los que tenían delicadas puertas de vidrio resguardaban ¿relojes? Sí relojes, y toda clase de tazas, juegos de té, botellas y una que otra figura que parecían pertenecer al museo. El lugar era sombroso, el piso parecía brillar y la alfombra se veía tersa. Todo era asombroso y contenía el aliento. Siguió caminando ignorando ya casi por completo el dolor y la culpa y siguió. La puerta se abrió detrás de él y Viktor se giró violentamente con un grito casi ahogado al encontrarse con un hombre. El líquido del café frío salió volando regándose en el piso, incluso esa mancha en el suelo se veía preciosa y el reloj sí que lo mantenía con fuerza en su mano.

Sus ojos azules se fijaron en la figura también sorprendida del recién llegado que parecía haberse quedado plantado sobre sus pies mirando al adolescente frente de sí.

—Su majestad… —azuzó el tipo delante de él.

De no haber estado tan asustado y consternado el adolescente quizás hubiera reparado en los firmes hombros del hombre que enfundado en un exquisito traje de tres piezas poseía más clase que cualquier otra persona que hubiera visto jamás, o en ese rostro maduro y el par de ojos avellana asistidos por unos lentes de marco. Tragó saliva en seco Viktor.

—¿Su… majestad?

El tipo dejó lo que parecía ser un portafolio en el piso y se acercó lentamente al menor, quitándose el saco para colocarlo sobre sus hombros, cubrir al menos un poco de su desnudez. Las manos masculinas del más alto apartaron los mechones largos y plateados de cabello del rostro del menor que en una especie de shock no podía reaccionar, y respringaba cada vez que el otro sin querer rozaba su rostro o su piel. El mayor se alejó solo lo suficiente pues había notado lo tengo que estaba el más joven.

—Lamento no tener sirvientes que le ayudasen a vestir, pero solo soy un humilde relojero, su majestad.

—¿Su majestad? —repitió como idiota Viktor. Ahora el susto mutaba hacia algo diferente, hacia la duda.

—¿O prefiere que lo llame príncipe? ¿O su alteza? Desconozco el trato protocolario que se le debe de dar al futuro soberano de Bulgaría.

—¿Bul… bulg… qué?

—Anoche, en “Orquidius” ese bar al final de la calle principal, usted me salvó y defendió mi honor en una justa de tragos contra otro tipo —reseñó y Viktor ahora se sentía perdido. Ladeó el rostro—. Apostó incluso su carísimo reloj, una joya real de la corona búlgara —Las cosas quedaron incluso peor y Viktor empezaba a impacientarse—. Perdió pero me pidió que en caso de que perdiera y quedará demasiado tomado por favor lo salvará de su guardaespaldas que lo estaban siguiendo y que sería un escándalo que el príncipe fuera visto en aquel estado…

—¿Pe… pero nos acostamos? —preguntó ladeando el rostro.

El del traje afirmó con un movimiento de cabeza.

—Fui débil y tuve que haberlo rechazado pero es inevitable con alguien tan hermoso como usted, rogaba que al volver se encontrara aquí para decirle que tomaré responsabilidad de la noche anterior, cualquiera que sea la sentencia por acostarse con el príncipe Viktor —dijo solemne y ahora Viktor soltó una suave carcajada que acalló de inmediato. El hombre de los anteojos lo miró serio y bajó la mirada—. Me hubiera gustado haber nacido noble para ser digno de usted… lo importante es que la guardia real ha sido enviada por la embajada y llegaran en cualquier momento por usted, al parecer un tipo anoche se estuvo haciendo pasar por su majestad, lo encerrarán como diez años por dar información confusa y usurpar al verdadero príncipe, ellos creían que estaba secuestrado, menos mal que apareció o el usurpador seguramente hubiera sido acusado también de secuestro —dijo con voz suave y temple firme.

La risa de Viktor murió por completo y en su lugar él quedó pálido, la sangre se le fue del cuerpo y miró la puerta que como si fuera una terrible broma hecha por el azar y el destino fue tocada. Cayó de rodillas y el hombre quiso acercarse a ayudarlo a incorporarse pero la puerta fue otra vez tocada. El moreno le regaló una mirada al albino y caminó hacia la puerta.

—N…no —dijo sin voz el albino antes de que el otro abriera apenas un poco la puerta.

El corazón le latió desbocado al menor y los segundos se hicieron eternos pues el sujeto del traje seguía en la puerta, solo para después esta ser cerrada y el rostro tranquilo de aquel tipo se distorcionara en una senda carcajada.

—Dios… lo lamento.

—¿Qu-qué?

—Sé que no eres el príncipe de Bulgaria, Viktor Nikiforov —argumentó el sujeto mientras que le ofrecía la mano para ayudarlo a ponerse de pie.

—¿Qué? ¿Sabías que… ¿es mentira lo que dijiste? —exigió saber indignado, ignorando la mano que no se alejaba ni desistía.

—¿No recuerdas nada, cierto?

—¡¿Es mentira lo que dijiste?! —manoteó la mano y se trató de poner de pie por su propio medio pero era inútil. El mayor suspiró aun con una sonrisa y sin esperar nada más que resistencia por parte del contrario lo puso de pie y hasta se tomó la molestia de cargarlo en vilo. Viktor gracias a la cercanía abofeteó dos veces al sujeto que parecía aún demasiado divertido. Solo se quejaba ligeramente, dejó al más joven en un sillón y él regresó sobre sus pasos—. ¡Responde! ¡¿Van a venir por mí?! ¡¿Es mentira?!

—Ah, juventud… son demasiado dinámicos incluso con resaca —se quejó el adulto caminando hacia donde había dejado sus cosas—. Sí y no es mentira… es cierto que nos encontramos en el Orquidiusanoche, y que apostaste, aunque básicamente fue algo como: Si te ganó en beber te acuestas conmigo, si pierdo te daré mi reloj… —contó y dejó su maletín dentro de una gaveta de un mueble cercano a la entrada. Viktor lo seguía con la mirada—. Perdiste, estabas muy borracho… insististe en darme tu reloj aunque después… bueno, preferí llevarte a casa aunque no me dijiste dónde es que vivías… porque insistías en que eras el príncipe de Bulgaria y vivías en Sofia en ese país… esa es la verdad, avisar a la guardia imperial de Bulgaria, eso es mentira… —expresó ahora sentándose frente a él—. Te traje a mi casa pues no creí que fuera correcto dejarte en la calle ebrio, en algún momento te quitaste el reloj y éste se cayó, fue mi culpa tuve que poner más atención para que no perdieras tus cosas —argumentó y sacó de su bolsillo su billetera que le lanzó. Viktor la atrapó en el aire pidiendo una explicación con una expresión severa—. La tome para ver si encontraba algún número de contacto, o algo que me permitiera avisar a tus padres que estabas aquí, sin embargo vi que vives en una casa de estudiantes de preparatoria privada… considerando que es domingo supongo que no habrá problemas, igual no quise avisarles pues yo mismo me metería en problemas —se recargó del respaldo del sillón—. Eres menor de edad, yo tengo treinta y cuatro años, mínimamente me darían una sentencia de cien años por haber ultrajado a un menor de edad —resolvió con un tono de voz bajo pero profundo, raspaba y a Viktor se le erizó la piel de la nuca—. Aunque como te dije antes, no me arrepiento, sin embargo asumiré la culpa, tú estabas borracho y tuve que detenerte cuando empezamos a besarnos, lo lamento Viktor —expresó sincero.

—…— el menor miró su cartera, pesaba igual que como recordaba, no obstante alzó los ojos hasta los castaños—. ¿Cuál es tu nombre?

—Christian Grey.

Un cojín le dio de lleno contra la cara al contrario mientras que soltaba una senda carcajada divertida, Viktor también se reía a pesar que había un mohín en su rostro.

—Soy Yuuri, Yuuri Katsuki.

Viktor bufó y asintió—. Mucho gusto, Yuuri.

—El gusto es mío, Viktor.

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